¡No! Claro que no, zapallito.

lunes, 5 de noviembre de 2012

El arte de decir

Emilio es un tipo normal.
Emilio inició un curso de respiración y dice que está muy feliz porque no se sabe bien que cosa. Nunca nadie llega a esa parte del relato, ya que todos lo interrumpen para preguntarle cómo es el lugar dónde practica el taller, cuánto sale, cuánto tiempo dura, si  pertenece a una nueva religión y sino le parece que el lugar tiene una dinámica sectaria.
 Últimamente Emilio está re angustiado, porque cree que la felicidad sino puede ser dicha no es tan feliz. Así que a veces, y aunque sabe que está respirando peor, se toma la licencia de faltar al curso y va a la plaza; a ver si alguna paloma, chica o anciano puede escucharle su felicidad como debe ser, sin interrupciones.

Por Nicolás Carmen

sábado, 27 de octubre de 2012

Culpa

¡Oh, culpa! Ya no eres bienvenida en este cuerpo, ni en ningún otro cuerpo amigo, serpiente infernal. Que debilitas las ideas y das siempre el consejo impropio. No te lo diré muchas veces. Si acaso algo de dignidad te quedara, te pido que abandones este cuerpo que ha sido refugio tuyo tantos años. Culpa mugrienta. Ve a darle fundamentos a los que roban y matan. Ve con los que abusan niños o con los que usurpan los tronos. Vete. Pero primero hazme esta promesa. Siente este vacío en el pecho. La soledad que me empaña. La risa fresca opacada.  Memoriza esto profundamente, culpa venenosa, y promete que nunca más te acercarás a morderme. Animate. Deja las sombras. Toma un cuerpo. A ver si eres tan digna. O permanece así. Oculta. De cualquier manera ya te conocemos la huella, serpiente asquerosa. ¡Vete de una vez y déjanos en paz!

martes, 23 de octubre de 2012

Altas horas

Me acuerdo que de chico, todas las noches antes de dormir, con mi hermano nos tomábamos un rato para charlar. Nadie nos enseñó eso. Lo hacíamos por necesidad. En esas dos camas de niños en remera y calzoncillos separadas por una mesita, con su lámpara, se resignificaban todas las cosas que nos pasaban. Tomaban una nueva dimensión. Más profunda. Y no teníamos ni idea. 

No hablábamos. Cada uno usaba un lápiz de color. Las mismas hojas de impresora vieja que de día usábamos para hacer dibujos y recortes, por las noches se transformaban en pergaminos de reflexión, un marco troquelado ¿A4? de respeto absoluto. 

Esperábamos que la puerta de la pieza de “los mapas” (era nuestro código para hablar de los padres) se cerrara y en medio de la oscuridad podía escuchar como mi hermano se paraba en la silla del escritorio y agarraba, casi sin hacer ruido, una hoja de los estantes más altos. 

Yo, mientras, acomodaba la almohada sobre la lámpara de manera que cuando la prendía la habitación quedaba en una penumbra que le daba a todo eso un aire de ritual que nos llenaba de emoción y un poco de miedo.

Una vez en su cama, mi hermano me pasaba un lápiz de color y el libro de Wally celeste para apoyar la hoja. Si yo usaba el celeste, él usaba el rojo. Wally 2. El tamaño de esos libros era perfecto para escribir y te podías entretener mientras el otro escribía. No sabíamos por qué hacíamos eso. Nos parecía normal. Lo que deben hacer un par de hermanos antes de dormir.

Escribimos cientos, pero sólo tengo unas pocas guardadas. Hace poco encontré un recorte de una hoja que no sabía que tenía. Hablábamos sobre el atentado a la AMIA. Yo estaba asustado por los ataques en suelo argentino. La inconfundible letra de mi hermano respondía a algo previo sobre el tema:

“tranquilo, no va a volver a pasar
-fueron los militares, no?
-no se
-y si pasa aca en el edificio?
-los mapas no van a dejar que pase acá, vamos a dormir
-apagas despues que me duerma?”

Podíamos hablar de cualquier cosa. De los nacimientos, la nieve, los abuelos, los juguetes, las novias, los viajes espaciales, hasta de Dios hablábamos. Para eso estaba ese rato nuestro, para correr el telón de la cosa cotidiana y hacernos preguntas nuevas. Éramos chicos, y no sabíamos bien qué estábamos haciendo.

martes, 2 de octubre de 2012

Gimenez

Usted está muy tranquilo, Gimenez. Parece un oso de peluche. Vamos a hacer algo. Párese acá, frente al espejo. ¿Ve cómo tiene los hombros? ¿Por qué pone esa cara, Gimenez? Escuche. ¿Quiere hacer esto o no? Porque sino lo dejamos y a otra cosa. Entonces le pido un poco de colaboración. Bueno, vamos a lo nuestro entonces. Mire. ¿Ve cómo hace? Está mal. Tiene que poner más tensos los hombros. Un poco más todavía. Eso. Apriete los dientes. Y ahora sí, piense en algo feo. Algo que le hayan hecho. Feo, feo; no cualquier tontería. Algo que lo haya lastimado. ¡No me mire a mí! Usted es el que sabe. Pero no se me ponga triste que lo que buscamos es otra cosa. Recuerdos, Gimenez, recuerdos... eeeso... por ahí. Siga buscando por ahí...si... muy bien...se está acercando...eeeso...si...si...casiiii... ¡Eso! ¡Eso Gimenez! ¡Eso es lo que estamos buscando! ¡No lo pierda! ¡Muy bien! Ahora, lo que sigue es más fácil. Porque se tendría que generar sólo. Gimenez: enrósquese. Sienta como de a poco va  perdiendo claridad. Pierda el foco. Se puede ver en el espejo. Me puede ver a mí. Pero algo adentro suyo se va poniendo borroso. Le voy a hacer algunas preguntas, Gimenez. Usted respondame con la cabeza. Esto que agarró, ¿es un  recuerdo, no? Ajá, es un recuerdo. Bueno, no lo resista, deje que lo tome. Pero de a poquito, Gimenez. No queremos que sea algo tirado de los pelos... ¡Eeeeso! Muy bien. ¡Que intenso lo que eligió! Eso que le hicieron es cosa fea, ¿eh? ¿Qué le pasó? ¿Es algo de la infancia? No, ¿no? Es algo más reciente. Está fresco, por eso duele tanto, ¿no? ¿Qué pasó? ¿Fue una novia..? Si. Eso fue, ¿no?. Lo dejó una novia.  Bien. Sienta la presión en la cabeza. Lo está haciendo muy bien, Gimenez. ¿Eso fue? ¡Que feo! ¿No lo aguantaban más y lo dejaron por otro? Sostenga, no lo pierda. No se olvide de los hombros, y la respiración un poco más fuerte. Ahí va, pero no llore. ¿Y no sabe por quién lo dejó? No le dijo. ¡Eso! Mastique. Que le suenen los dientes. ¡Bien! ¿Ve cómo se le pusieron pálidos los nudillos? ¡Muy bien! ¿Y esas venas en la frente? Recién no se veían. No se mueva ni un milímetro. Creo que estamos listos, Gimenez. Sostenga, ¿eh?. Estoy muy orgulloso de usted. Hicimos un excelente trabajo. No cualquiera se anima a esto. En serio le digo. Ahora, si es tan amable, acompáñeme. Eeeso, despacito. Vamos a ir por acá. Hasta la puerta. No pasa nada Gimenez, usted siga en lo suyo. Estoy acá. Eso... cuidado con el escalón. Ahora el otro. Vamos a abrir la puerta. Perfecto, Gimenez. Lo está haciendo perfecto. Venga para afuera. Aaaah... ¿siente el aire? ¿Los autos? respire acá afuera, Gimenez ¿Si? Muuuy bien. Usted está listo. Ahora sí. Ya puede ir yendo. ¡Ah! No se olvide, el martes que viene no estoy; me voy a un congreso. Nos vemos entonces la otra semana, ¿si? Que pase lindo, Gimenez, ¿eh?

lunes, 1 de octubre de 2012

Madisell Street


3

Rara vez pasaba un trimestre entero sin que surgiera un nuevo caso. Asesinar prostitutas se había convertido casi en una costumbre. Es que los forasteros, en vez de ir a bares a embriagarse con alguna bebida barata o ir al fumadero de opio a deprimirse, preferían juntarse en los alrededores del puerto y acorralar a prostitutas huérfanas contra el casco de un rústico barco pesquero. La opción que les quedaba a las meretrices en ese caso era sumergirse en el agua casi congelada o pasar por el brillo lunar del filo de la navaja1.
—Maldición —se quejaba Vittel Farrel cuando al llegar a su despacho se enteraba de un caso nuevo— a este ritmo nos vamos a quedar sin putas para las fiestas.
Y tenía razón el detective, una simple cuenta podía dar cuenta de aquello. Lo único que lo serenaba en ese entonces eran las incursiones periódicas en casa de la puta Pirce. Una joya de catorce años, pulposa y de cabellos rubios, que sabía cómo complacer a un hombre. Una belleza tierna e incomparable, casi sin cicatrices, que contrastaba con la fachada raída del detective Vittel Farrel, siempre acompañada de un intenso olor a excremento que emanaban sus zapatos y bota mangas. De cualquier manera, todo en Madisell Street olía a excremento, sangre y alfalfa.


1. En el original se lee: "lunar brightness knife edge".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Estado Azteca


La tarde está soleada. No se ve ni una nube en el cielo. Por suerte, hay un viento suave que calma el calor del caribe. Sobre la base de una impresionante pirámide, en los primeros escalones, hay dos jóvenes sentados. Los dos tienen piel marrón y pelo oscuro. Noble Guerrero es el grandote vestido con telas marrones y adornos de plumas de colores y oro macizo. Es el que está más cerca de la gran cabeza de serpiente hecha de piedra. El flaquito de taparrabos a su lado, es Hombre Común. Ambos comparten una típica bebida local.

NOBLE GUERRERO: ¡Como pican éstas plumas, che!                   

HOMBRE COMUN: Si, pero por lo menos te cubren del sol. Yo con ésta cosa...

(HC pellizca el taparrabos como quejándose. Después bebe de la vasija roja. NG está demasiado ocupado en rascarse nerviosamente las rodillas)
           
             Che, ¿cómo venís con lo del Juego Sagrado de Pelota?

N.G.: Y… la verdad medio medio. A ver cómo está eso.

 (NG señala la bebida. HC le alcanza la vasija)

H.C: ¿Por? ¿No te tenés mucha fe?

N.G.: No, si que tengo. Sé que Dios Sol está de mi lado. Pero te da cagazo ¿viste? Soy muy bueno en el Juego Sagrado de Pelota y siento que voy a ganar...

(NG toma un trago)

¡Que bueno está!.. Y nada, que se yo... no sé si me quiero ir a Mundo Sagrado todavía. Recién cumplí dieciséis Vueltas al Sol...


H.C.: Si, te entiendo.

(NG le pasa la bebida a HC)

N.G.: No creo que me entiendas. Vos sos Hombre Común.

H.C.: ¿Eso qué tiene que ver?

N.G.: Nada, no importa.

H.C.: No, no, no. A ver, decime. 

(HC da un golpe de palma de mano contra un escalón sagrado)

              ¡Siempre lo mismo! ¡Nunca nadie respeta a Hombre Común! 

N.G.: ¿Y qué querés que haga? Yo no elegí ser Noble Guerrero, ni que vos seas Hombre Común.

H.C.: No, ¡pero te encanta que sea así!

(HC señala acusadoramente a NG)

N.G.: Si, ¡claro!

(NG hace gestos exagerados con sus brazos, en un despliegue de plumas y adornos de oro. Ensaya un tono irónico)

            Me encanta tener que ir a pelear contra Águila en el Cielo cada Lluvia de Verano. No sabés. ¡Me fascina! La verdad... ¿Sabés qué? Es muy fácil hablar siendo Hombre Común. Pero tenés que ponerte en la piel de Noble Guerrero. Ahora, por ejemplo. ¿Si gano Partido Sagrado? ¿Qué pasa si gano Partido Sagrado?

H.C.: ¡Te mandan a Mundo Sagrado!

(HC dice esto agitando sus manos arriba y abajo con los dedos haciendo montoncitos)

 ¡¿Qué mejor cosa que ganar Juego Sagrado de Pelota, e ir  a Mundo Sagrado de una?!

N.G: No sé. Yo no estoy tan seguro. Hubiese preferido tener una vida más tranquila. Ser Hombre Común.

(NG peina las plumas que cuelgan de su codo izquierdo)

H.C.: Estás diciendo pavadas. Tomá.

(HC Le alcanza la vasija a NG)

N.G.: No, en serio te digo. Hubiese sido mejor. Nacés, aprendés a coser dos telas, a juntar plantas para la comida. y Chau. Después te vas a Mundo Eterno. No te complicás.

H.C.: Pará, pará, ¿vos en serio pensás que ser Hombre Común es sólo eso?

N.G.: No te lo digo mal. ¡Pero no jodamos, Hombre Comun! Se la pasan todo el día cosiendo Carteras para Recolección.

(HC suelta un suspiro de fastidio y le da la espalda a NG. Mira hacia el lado del Observatorio Lunar que sobresale de las copas de los árboles)

H.C.: ¡Sos increíble!

N.G.: ¿Qué? ¿Me vas a decir que no es así?

(HC se da vuelta de pronto)

H.C: ¡¿Sabés lo que es mirar Juego Sagrado de Pelota desde afuera?! ¡¿Eh?! ¡¿Sabés lo que es eso, Noble Guerrero?! 

(HC grita furioso)
              
N.G.: ...

H.C: ¡¿Vos sabés lo que es que el Dios en la Tierra se meta en tu choza como si nada, y se lleve a tu hija para hacerle Primera Iniciación?! ¡¿Eh?! 

(HC está al borde del llanto)

 ¡¿Sabés lo que es vivir sabiendo que no vas a ir nunca a Mundo Sagrado?! ¡¿Eh?! ¡¿Sabés lo que es trabajar todo tu vida como Hombre Común?! ¡Toda tu vida como Hombre Común! ¡¿Y para qué?! ¡Para no ir nunca a Mundo Sagrado! 

(HC se inclina para adelante, se agarra la cara con las dos manos y colapsa en un llanto rabioso. NG lo mira extrañado)

            ¡No sabés nada vos, Noble Guerrero! No sabés nada, de nada.


N.G: Perdoná, no quise... 


(NG le apoya una mano en el hombro)

H.C.: ¡Salí! 

(HC le da un manotazo a NG. Durante un rato largo permanecen los dos inmóviles en silencio. Al final, cuando HC se calma lo suficiente, NG junta un poco de tierra que hay sobre el escalón sagrado y estira la mano hacia el lado de HC)

N.G.: Tomá.

(HC recibe la tierra en la mano y se la esparce por la cara. Con el brazo barre las lágrimas solidificadas que forman una especie de barro rojizo. Tiene los ojos hinchados, pero está de nuevo en eje)

             Perdoná, en serio. Estoy un poco nervioso con todo esto del Juego Sagrado de Pelota…

H.C.: No pasa nada.

(HC tiene algunos espasmos aislados)

N.G.: ¿En serio?

H.C.: Si, yo también estoy medio enroscado. Estoy con el tema este de la Ofrenda a la Luna, y mi nena más chica que está por cumplir nueve Vueltas al Sol...

(NG asiente con cara de comprensivo. HC tiene la cara cubierta de tierra. Se acomoda el pelo y suspira fuerte)

En fin.

N.G.: ...

H.C.: Bueno, tengo que ir  yendo a la Recolección de Plantas Milagrosas.

N.G.: Si, yo voy para el Templo del Dios Sol.

                                                (Los dos jóvenes se ponen de pie)

H.C.: Dale.

N.G.: Y perdoná, che.

H.C.: En serio. No pasa nada.

(HC y NG chocan los codos y arrancan para lados opuestos. NG gira la cabeza)

N.G.: Nos vemos después.

(HC le responde con un gesto de la mano sin darse vuelta)

::Fin::






lunes, 17 de septiembre de 2012

Madisell Street

                                                                                    8
El detective Doridel Vinttel Farrel pensaba una y otra vez en el caso de la puta Gorodith. Sabía que la señora Mirril Smith estaba ocultando algo, pero no podía descifrar qué. Ese día, caminaba con su traje azul y sus zapatos de taco madera por las calles angostas del centro. No fue poco el fastidio del detective a la hora de esquivar a un cerdo doméstico que ocupaba todo el camino. Como su paciencia llegó al límite le dio un puntapié al animal que luego de soltar un chillido, se levantó y chocó contra un puesto de alimentos por lo que varias bolsas de arpillera fueron a dar al suelo. El contenido de granos de maíz quedó entonces desparramado por todos lados, por lo que el lugar se llenó de pollos y otras aves pequeñas.
—¡Eh, Farrel! ¡mira lo que has hecho!
—No deberías poner tu puesto tan hacia la calle, imbécil —repondió el detective.
—Sigue así. Un día la gente común se cansará de ti y de tus amigos corruptos. Buena suerte —dijo el comerciante mientras espantaba a los pollos y trataba de recuperar su mercancía.
Entonces Vittel Farrel volvió sobres sus pasos, levantó del cuello al comerciante y le apoyó el filo de su navaja a la altura del estómago.
—Disculpa. El ruido de los pollos no me dejó escuchar lo que decías. ¿Podrías repetirlo? Si eres tan amable… —y empujó un poco con la mano ocupada en el mango de la navaja, rasgando la camisa con la punta del filo.
—…
—¿Qué es ese olor, acaso te has cagado? ¡miren como se ha cagado! —gritó a los vendedores de los otros puestos. Y con la mano libre soltó un golpe de puño directo a los testículos del comerciante —vamos puestero, junta el maíz antes de que los cerdos te muerdan las bolas. ¿Y ustedes qué miran? ¡A trabajar!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Gladiola


¿Te acordás de la Gladiola? Primavera todo el año, la morocha. Atendía en el correo. A la mañana los jubilados se iban todos perfumados a hacer la fila en la vereda. Sin empujar, ¡eh! De vez en cuando mandaban una carta a un familiar que estaba lejos, pero en general pasaban a dejarle un regalo. Alguna tontería. Ella, bien educada desde chica, siempre recibía con una sonrisa y después besito en la mejilla. Y ahí aprovechaban los viejos y memorizaban el escote profundo.
A la tarde también se llenaba la oficina, pero eran los adolescentes que todavía no se animaban a decirle directamente, y entonces con la plata que ganaban vendiendo revistas, mandaban cartas a ningún lado. Sólo para oler de cerca a la Gladiola. Escribían dos garabatos y en el sobre: “Calle Esperanza 69, Santa Fe”. Y le daban la carta. Entrega común. Como acá no había beso, los que ya habían pegado el estirón corrían con ventaja: tomaban nota con los ojos, y repasaban después en la soledad del baño. Los más bajitos la tenían más difícil, pero por ahí se quedaban con alguna revista que mejor no venderla ahora, que quizá más adelante el precio aumenta. Nunca se sabe.
(...)

viernes, 31 de agosto de 2012

Ratas II


Es de noche. Una de las luces de la calle titila hasta que por fin se apaga. Igual, con lo que iluminan los otros faroles se puede ver bien. No camina nadie por la vereda ni pasa ningún auto. Lo que sí, hay dos ratas en el jardín de entrada de una vieja biblioteca pública. Una tiene ojos rojos y pelo marrón más bien crecido. La otra, apenas más pequeña, tiene ojos oscuros, es gris y de pelo corto. Pasan del pasto al cemento de la entrada. Suben los seis escalones hasta quedar frente a la puerta de madera.

RATA MARRÓN: Se puso fresco, ¡eh!

RATA GRIS: Si, está para hacer cucharita.

R.M.: Yo tengo una fija. Quizás me mando para su cueva después.

R.G.: ¿Quién es?

R.M.: No, no la conocés. Es una que va a comer al conteiner de la Shell.

(RG mira para para el suelo y se agarra el labio inferior)

R.G.:

R.M.: ¡La Shell de Nazca!

R.G.: Ah! Ya sé cual decís. Si. ¿Y hace mucho se conocen?

R.M.: No. Desde el martes pasado. Yo venía de haber estado masticando un zapato que encontré colgado de un cable...


(RG lo interrumpe)

R.G.: ¿Sabías que eso lo ponen los que venden falopa?


R.M.: Si, pero le di unos mordiscos nada más.

R.G.: ¿Cómo estaba?

R.M.: Impresionante. Tenía un extra de pegamento que me dejó dado vuelta.

         (RG hace el gesto de Alfonsín)

R.G.: ¡Qué barbaro! ¿Sabés hace cuanto que no muerdo una buena suela?

R.M.: Y, es difícil.

R.G.: Si, yo dejé porque ya estaba haciendo cualquiera. Una vuelta venía de morder un mocasín. ¿Y sabés la que hice? ¡Me le planté a un Bulldog!

R.M.: ¡No!

R.G.: Si, estaba re jugado. Me sentía una comadreja.

R.M.: ¿Y que pasó?

R.G.: ¡Y que cobró! Pasa que estaba viejo.

R.M.: Claro. ¿Mirá si te tocaba un gato de descampado?

         (RG señala a RM como dándole la razón)

R.G.: Por eso dejé. Pensé en las crías viste. Hay que alimentar sesenta bocas y encima andar en la gilada.

R.M.: Si, te entiendo.

R.G.: ¿Y que pasó con la del conteiner?

R.M.: ¡Ah! Yo venía de morder el zapato, ¿viste?

         (RG escucha atento)

Y estaba flashando con unas palomas que estaban paradas en un semáforo. Les hacía el ruido que hacen ellas. U-u-uuu. U-u-uuu.

R.G.: jaj! ¡Te sale igual!

R.M.: ¿Viste? Me di cuenta esa noche. Es que con el pegamento escuchás otras cosas.

          (RG se toma la cabeza con sus patas rosadas)

R.G.: Ni me digas que me agarra una desesperación…

R.M.: Uh, Perdón. Bueno, y habré estado como media hora. Y te juro por Splinter, ¡me respondían los bichos!

R.G.: ¡Que groso!

R.M.: Y al final me agarró terrible bajón… y me acordé que a esa hora tiran la basura en la Shell. Y como estaba cerquita me mandé. Me subí al conteiner y ahí la vi.

R.G.: ¿Está buena?

R.M.: Tiene buena cola y de cara zafa.

R.G.: ¿Pelo corto?

R.M.: Largo. Blanco.

R.G.: ¿Ojos?

R.M.: Rojos.

R.G.: Un seis.

R.M.: Seis cincuenta.

R.G.: ¡Bien! ¿Y?

R.M.: Y nada. Ella olió que yo quería coger y yo olí que ella también. Y cogimos.

R.G.: ¡Que bueno!

R.M.: Después bajamos a oler un poco de nafta y nos fuimos.

R.G.: Uuh, ¿sabés hace cuánto no huelo nafta?

R.M.: ¿¡Vamos!? Creo que hoy llenaban los surtidores.

R.G.: Dale. Con tal de no volver a morder zapatos.

         (Las dos ratas bajan las escaleras, cruzan el jardín, trepan por la enredadera de la pared y desaparecen detrás de un arbusto grande)

::Fin::

martes, 28 de agosto de 2012

El Arragó

Arragó vivía sin darse cuenta. Esto, en cualquier caso, podría ser un problema. Acá no. Nunca una persona fue tan querida; en este, ni en ningún otro lugar. Porque no era cualquier amor. Era incondicional. Como el que se tiene por un perro bueno. Y pienso que sólo a un ser humano con una idiotez de ese calibre se lo puede querer así. Tan amor de perro. Y tuvo suerte Arragó que de pronto nació y con tanto amor dando vuelta, ya estaba condenado. Iba a ser feliz.

“El Arragó era especial. Y alguno´ decían que no, pero yo sé que estaba bien de la cabeza. Si hasta lo hicimo´ ver por uno que sabe y nos dijo que estaba sanito, que le demo´ agua limpia y comida, que él iba a andar bien. Eso nos puso contentos. Imaginate. Andábamo´ medio preocupado´ al principio. Pero despué´ ya lo dejamo´ que ande libre. Le costó un poco, pero al tiempo se ada´tó. Si era buenito. 
Andaba en manada, me acuerdo. Lo´ otro´ animale´ lo habían acepta´o primero, y gracia´ a la experiencia y a que sabía abrir puertas quedó como líder de los cuadrúpedo´. Anduvo medio agrandado primero. Eso sí. Pero un gaucho medio malito lo puso de nuevo en el camino. Ahí aprendió el perro Arragó que lo que se tiene, no le pertenece. Ni a él, ni a nadie. Y le costó un chichón nomá´.
Por ahí decían que el Arragó ni se daba cuenta que estaba vivo. Yo pienso que él estaba máj allá, o máj acá de todo eso. Vivía simple. Comía las sobras, o algún ratoncito,  perdice´, lo que haiga. A la tarde le gustaba ir con lo´ otro´ perros a la laguna a molestar a los patos. Volvía todo mojado, me acuerdo, matándose de risa sobre las patas de atrás, con pluma´ jen la mano, la camisa blanca toda rota y los pantaloncitos cortos lleno´ e barro. Que felicidad te daba el bicho ese.
A veces lo veías mirando las nubes. Y ahí sí te agarraba la duda porque ponía cara ´e serio, como pensando. Pero enseguida le gritabas: “¡Arragó!” y el otro venía corriendo, babeando y te saltaba encima... Que pena me da hablar de esto. Me va´ jacer lagrimear.
Y si. Un día se me escapó. Apareció una que nunca habíamos visto por acá. Andaba como el Arragó, así media encorvada. Rubia me acuerdo que era. Nos llamó la atención porque también andaba sobre las patas de atrá´. Estuvo merodeando unos días cerca del molino. Yo la vi varias vece´ esa semana. Y el Arragó andaba como loco. Olfateaba, lloriqueaba pa´l lado del molino. Se ve que algo sabía el picho. Y un día nos despertamo´ y él ya no estaba.
A veces cuando estoy bien metido en el campo, por ahí, a lo lejos, veo la figura del Arragó. Por un segundo ej´ él. ¡Volvió! Se había quedado todo este tiempo persiguiendo patos. Pero después miro bien y no. Es un tronco o un ternero que anda por ahí. 
Te digo por las dudas, porque sé que vos sos de otro lado y él ya no anda por acá. Ej´ un poco máj´ alto que yo. Camina así. Medio torcido. Tiene el pelo bastante largo. Marrón. Barba y ojos claros. Debe estar flaco. Responde cuando le decís Arragó... Que lástima me da, che. Un perro tan bueno."



lunes, 27 de agosto de 2012

Ratas


Es de noche. En la calle no camina ni un alma, ni pasa ningún auto. Lo que sí, hay dos ratas en la vereda. Una tiene el pelo marrón bastante crecido y los ojos rojos. La otra es más bien pequeña, más bien grisácea, de ojos marrones y pelo corto. Están en estado de alerta. Olfatean algo que las hace parar en sus patas traseras. De pronto, un gato negro sale desde atrás de un cantero. Las ratas se sobresaltan, corren hasta un palo de madera que está cerca. Trepan por un cable pegado al poste. El gato salta detrás de ellas, sube unos metros, pero ahí se queda. Baja medio torpe, frustado. Las ratas, desde la punta del poste, donde se cruzan unos cables, ven al gato negro que se queja y camina en el suelo.

RATA MARRON: ¡Que manía, viejo! 

RATA GRIS: De no creer.

R. M.: Y agradecé que este es medio vago y no subió.

(R.M. arranca unas astillas del poste de madera)
   
                              ¡Tomá!

(Arroja las astillas que planean unos instantes y caen sobre un auto estacionado)

R. G.: ¡Ja! ¡Le diste al auto!

R. M.: Si, estoy con mala puntería últimamente. En serio che, ¡que manía la de estos bichos!

R. G.: Y sí… es peligroso.

R. M.: ¡¿Peligroso?! No es sólo peligroso. ¡Es terrible! ¡Debería estar prohibido! ¡Todas las noches lo mismo!

R. G.: Pasa que es instintivo, ¿viste?

R. M.: Y bueno, pero con ese argumento… hasta Hitler estuvo bien con ese argumento.

R. G.: No, lo de Hitler no fue por instinto. Los humanos no hacen nada por instinto. Excepto en los bailes que por ahí alguno le toca el culo a una mina, en general son muy de la cabeza.

R. M.: No me parece. ¿Nunca viste a un colectivero?

R. G.: Si, ¿qué pasa?

R. M.: ¿Me vas a decir que un colectivero es muy de la cabeza?

(R.M. empieza a hacer como que maneja un colectivo)

                               ¡Dale papi, subí que nos vamos! ¡¿Qué me dijiste?! ¡Mirá como lo encierro a este pelotudo! ¡Subí que te cago a trompadas! ¡Mirá esa morocha! ¡Te cojo toda morocha!

R. G.: No son todos así...

R. M.: La mayoría.

(R.G. se sonroja un poco pero gracias al pelaje no se le nota)

                               Son puro instinto.

R. G.: Bueno pero son los únicos. El resto de los humanos son más bien enroscados. Mucho balero.

R. M.: Si, eso si. La otra vuelta estaba cagando en una lata de café en la casa del colorado…

(R.G. lo interrumpe)

R. G.: Pará. ¿Qué colorado?

R. M.: El que vive con la vieja, acá. En…¡ay! No me sale…

R. G.: ¿El de Lausana?

R. M.: ¡Eso! ¡Pasaje Lausana! No me salía.

R. G.: ¿y qué paso?

R. M.: Nada yo estaba cagando en la lata de café y él hablaba por teléfono con una minita. ¡Un enroscado!

R. G.: ¿Pero qué le decía?

R. M.: No sé, le daba vueltas, ¿viste? ¡Invitala a coger colorado!

R. G.: Si, es raro.

R. M.: ¡Se enroscan! Es muy de su especie. Yo, ponele esta semana me encamé cerca de cincuenta veces.

R. G.: Si, yo también. Por ahí.

R. M.: ¡Y claro! Así tienen que ser. Y por como venía la mano, creo que no la puso.

R. G.: Pobre colorado.

(Abajo se abre la puerta de un edificio de enfrente. Sale una mujer de unos veinte años. Cierra con llave y se va caminando por la vereda para la izquierda)
                        
                       ¡Iba con todo!

R. M.: No sé, de lejos le doy. Che, tengo hambre.

R. G.: Podemos ir al Coto que ya cerró. Hoy entraban más Toddy´s.

R. M.: ¡¿En serio?! Dale, que me hace ruido la panza.

(Las dos ratas se alejan caminando sobre un cable de luz)

::Fin::


jueves, 23 de agosto de 2012

Choi Son


Choi Son, como todos los orientales, tenía dos pasiones. Lo suyo era la bebida y el ping pong. Cualquiera supondría que estas cuestiones no pueden superponerse, pero Choi era de esos tipos que se las ingenian. Podía estar horas tomando fernet en el club con sus compañeros, y de pronto, se paraba medio tambaleante y gritaba "!Ahola si! Si alguien me hace do punto seguido, pago londa pala todo. Cada die punto mío, cambio de jugadol, me invita celvecita". 
Los demás borrachos se acomodaban en las sillas alrededor de la mesa de color azul y le gritaban: "¡grande chino!", "¡Demuestre japonés!", entre otras barbaridades que no se pueden repetir. Antes de empezar Choi ya tenía su musculosa roja traspirada. Los ejercicios pre competitivos del oriental apuntaban más a enfocar nuevamente la vista que a estirar los músculos de las piernas. Se reía y saludaba a la multitud. Si alguien entraba en uno de esos momentos hubiese pensado que Choi era un boxeador que acababa de ganar por puntos una difícil pelea a doce rounds, y no un borracho del ping pong antes de un partido amateur . 
De la nada, uno del público decía "yo te desafío, koreano". Agarraba la paleta como podía y se ponía del lado de enfrente de Choi. La multitud gritaba. Hasta los de la barra se daban vuelta para ver jugar al oriental. Los partidos eran escenas lamentables, pero Choi no dejaba que nadie le hiciera más de un punto. Si hacía falta se concentraba antes de recibir el saque. Agachaba el cuerpo y miraba fijo hacia adelante. Alguien en la multitud podía pensar "este se duerme en cualquier momento". Pero no. Choi tenía para rato. 
Cuando un contrincante era eliminado, después de quejarse y asegurar que lo estaban trampeando, iba a hasta la barra, decía "anotame una para Choi", y le dejaba la cerveza cerca del oriental mientras este jugaba con las ilusiones de otro. Entre partido y partido se bajaba el chopp en dos tragos. Era impresionante. Nunca se había visto algo así. 
Después de un rato largo, cuando afuera ya cantaba algún pájaro, todos empezaban a enfilar para la puerta. Lo saludaban a Choi con un golpecito en la espalda. "¡Maestro!", "¡Fenómeno!", "¡¿Cómo hacés?!" le decían. Y mientras se ponía su buzo deportivo negro y salía hacía a la calle oscura, se lo podía escuchar: "el secleto e comel mucho alós. Da fuelza y absolve el felné". Un caso único el oriental.

viernes, 17 de agosto de 2012

Lo de Dios



Bajo del colectivo cerca de plaza Almagro. Camino algunas cuadras hasta que leo el cartel. "Lo de Dios". Si no fuera por el cartel se confundiría con el resto de las casas.. Entro por la puerta doble (bien amplia y con cortinas). Tengo el sobre papel madera A4 bajo el brazo.  Adentro, lo primero que veo es un surtidor de YPF todo oxidado apoyado contra una columna. Es parte de la decoración. De fondo suena un tema lento de los Stones. El salón está casi vacío, excepto por una pareja sentada en una mesa al fondo. Camino hasta la barra (a la izquierda del salón). Detrás del mostrador hay un tipo morocho.
-Buendía, vengo por… -pero me interrumpe.
-Lo está esperando -dice y señala una escalera  al costado de la puerta de entrada que yo no había visto. Cuando estira el brazo veo que tiene un prendedor ajustado en uno de los tiradores negros que dice “Monzón” (La camisa blanca, impecable).
-Gracias -le digo a Monzón y enfilo para el primer piso.
La escalera está repleta de cuadros de cervezas de todo tipo. En cada uno está la firma del autor. Encuentro la cerveza de Mattise, la cerveza de Van Gogh, la cerveza de Picasso (esta última es más parecida a un barco chocado que a una botella. Pero es de las más coloridas). Llego hasta un pasillo largo en el primer piso. A la derecha están los baños. El de mujeres tiene un sombrero con flores. El de hombres un sombrero de copa y un bastón (está fácil). Llego hasta la puerta del final del pasillo. Me acomodo la ropa, respiro profundo... Vamos. Quiero golpear la puerta con el puño, pero se abre justo cuando le estoy por pegar.
-Adelante -la voz es firme y tranquila.
Entro en una oficina grande. Un sujeto desaliñado de barba y pelos blancos, con chomba azul está sentado detrás de un escritorio de madera oscura. Me mira fijo.Tiene un mono gris chiquito en el hombro, atado a una soga.  El mono se alerta un segundo cuando me ve, pero de inmediato vuelve a su tarea. Parece estar acicalando al barbudo. Una computadora sobre el escritorio, teléfono, estantes, cosas de oficina.
-¿Dios? -le pregunto mientras lo señalo con el dedo. No debería señalarlo con el dedo. Dios me responde con una sonrisa y una gratitud infinita.
-Le traje el curriculum porque había mandado por mail, pero me pareció que si venía hasta acá… Así se lo daba en mano. Mejor, ¿no? -Dios me observa como quien ve dormir a un bebé. Saco el curriculum del sobre. El mono deja de masticar, salta al escritorio y se abalanza sobre la hoja de papel. La soga se tensa, pero no llega a ahorcarlo (Dios está en todo, pienso). Le pasa mi curriculum y vuelve a su tarea.
-Trabajé en varios lados de camarero y sé un poquito de inglés -Dios levanta la vista del papel. Me ve directo a los ojos. Mantiene el gesto pero ahora está más parecido a un adolescente drogado. Sigue con la lectura.
Miro al costado. Hay una puerta que da a lo que parece un vestidor. Y más allá un baño. El mono mueve rápido los dedos entre los pelos del Señor hasta que encuentra una pulga o algo así, y para. Se come al bichito y sigue. Dios ni se mosquea. De pronto veo que respira hondo, apoya el papel en el escritorio y me mira. Sigue con esa cara, esa sonrisita. Es fachero, pero está muy desprolijo.
-Empezás el lunes -me dice con ese tono tan suyo.
-¿En serio me dice? ¡Que grande, Diosito! ¡Que alegrón me está dando! No sabe lo que significa este laburo para mí. En serio, le digo. ¡No se vas a arrepentir! -Creo que Dios está a punto de llorar. La sonrisa casi no le entra en la cara. Entonces le digo- ¿Y cómo hacemos?
-Venite el lunes a las cinco y ahí vemos.
-El lunes tipo cinco de la tarde. Perfecto -le respondo.
Dios asiente despacio.
-Nos vemos entonces. Mil gracias, en serio -le doy la mano fuerte. Me estoy por ir pero no puedo evitar decirle- una preguntita me quedó.
Dios me escucha atento.
-¿Por qué la soga? -y le señalo al mono.
-Es que sino se me escapa -y se sonríe.
Yo me quedo pensando y le digo que si con la cabeza, salgo y cierro la puerta. Hago con los puños como festejando un gol y casi que me tiento de lo contento que estoy. Camino por el pasillo dando unos saltitos. Mientras bajo la escalera me llega un mensaje directo al cerebro. “Guarda con el morocho que es medio peleador”. Trato de contestarle. “No se preocupe. Nos vemos el lunes”, pero como nunca usé la telepatía no se si le llega. Llego a la planta baja. La pareja sigue ahí. Me acerco a la barra.
-Me tomó -le digo a Monzón que mientras escurre un trapo.
-Nos vemos, entonces -me dice.
-Nos vemos el lunes -Y le hago un saludo con la mano a Monzón y por la emoción le hago a la pareja también. Voy hasta la puerta y salgo. Afuera está lindo. Que alegría. Por fin una que se me da.