¿Te acordás de la Gladiola? Primavera todo el año, la morocha.
Atendía en el correo. A la mañana los jubilados se iban todos perfumados a hacer la
fila en la vereda. Sin empujar, ¡eh! De vez en cuando mandaban una carta a un
familiar que estaba lejos, pero en general pasaban a dejarle un regalo. Alguna tontería. Ella, bien educada desde chica, siempre recibía con una sonrisa y después besito en la mejilla. Y ahí
aprovechaban los viejos y memorizaban el escote profundo.
A la tarde también se llenaba la oficina, pero eran los
adolescentes que todavía no se animaban a decirle directamente, y entonces con la plata que ganaban vendiendo revistas, mandaban cartas a ningún
lado. Sólo para oler de cerca a la Gladiola. Escribían dos garabatos y en el sobre: “Calle Esperanza 69,
Santa Fe”. Y le daban la carta. Entrega común. Como acá no había beso, los que ya habían pegado el estirón corrían con ventaja: tomaban nota con los ojos, y repasaban después en la soledad del baño. Los más bajitos la tenían más difícil, pero por ahí se quedaban con alguna revista que mejor no venderla ahora, que quizá más adelante el precio aumenta. Nunca se sabe.
(...)
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