¡No! Claro que no, zapallito.
sábado, 27 de octubre de 2012
Culpa
¡Oh, culpa! Ya no eres bienvenida en este
cuerpo, ni en ningún otro cuerpo amigo, serpiente infernal. Que debilitas las
ideas y das siempre el consejo impropio. No te lo diré muchas veces. Si acaso
algo de dignidad te quedara, te pido que abandones este cuerpo que ha sido refugio
tuyo tantos años. Culpa mugrienta. Ve a darle fundamentos a los que roban y matan.
Ve con los que abusan niños o con los que usurpan los tronos. Vete. Pero primero hazme esta promesa. Siente este vacío en el pecho. La soledad que me empaña. La risa fresca
opacada. Memoriza esto profundamente, culpa
venenosa, y promete que nunca más te acercarás a morderme. Animate. Deja las sombras. Toma un cuerpo. A ver si eres tan digna. O
permanece así. Oculta. De cualquier manera ya te conocemos la huella, serpiente asquerosa. ¡Vete de una vez y déjanos en paz!
martes, 23 de octubre de 2012
Altas horas
Me acuerdo que de chico, todas las noches antes de dormir, con
mi hermano nos tomábamos un rato para charlar. Nadie nos enseñó eso. Lo
hacíamos por necesidad. En esas dos camas de niños en remera y calzoncillos separadas por una mesita, con
su lámpara, se resignificaban todas las cosas que nos pasaban. Tomaban una
nueva dimensión. Más profunda. Y no teníamos ni idea.
No hablábamos. Cada uno usaba un lápiz de color. Las mismas hojas
de impresora vieja que de día usábamos para hacer dibujos y recortes, por las noches se transformaban en pergaminos de reflexión, un
marco troquelado ¿A4? de respeto absoluto.
Esperábamos que la puerta de la
pieza de “los mapas” (era nuestro código para hablar de los padres) se
cerrara y en medio de la oscuridad podía escuchar como mi hermano se paraba en la
silla del escritorio y agarraba, casi sin hacer ruido, una hoja de los estantes
más altos.
Yo, mientras, acomodaba la almohada sobre la lámpara de manera que
cuando la prendía la habitación quedaba en una penumbra que le daba a todo eso
un aire de ritual que nos llenaba de emoción y un poco de miedo.
Una vez en su cama, mi hermano me pasaba un lápiz de color y
el libro de Wally celeste para apoyar la hoja. Si yo usaba el celeste, él usaba el rojo. Wally 2. El
tamaño de esos libros era perfecto para escribir y te podías entretener mientras
el otro escribía. No sabíamos por qué hacíamos eso. Nos parecía normal. Lo que
deben hacer un par de hermanos antes de dormir.
Escribimos cientos, pero sólo tengo unas pocas guardadas. Hace
poco encontré un recorte de una hoja que no sabía que tenía. Hablábamos
sobre el atentado a la AMIA. Yo estaba asustado por los ataques en suelo
argentino. La inconfundible letra de mi hermano respondía a algo previo sobre el tema:
“tranquilo, no va a volver a pasar
-fueron
los militares, no?
-no se
-y si
pasa aca en el edificio?
-los mapas no van a dejar que pase acá, vamos a dormir
-apagas
despues que me duerma?”
Podíamos hablar de cualquier cosa. De los nacimientos, la nieve, los abuelos, los juguetes, las novias, los viajes espaciales, hasta de Dios hablábamos. Para eso estaba ese rato nuestro, para correr el telón de la cosa cotidiana y hacernos preguntas nuevas. Éramos chicos, y no sabíamos bien qué estábamos haciendo.
martes, 2 de octubre de 2012
Gimenez
Usted está muy tranquilo, Gimenez. Parece un oso de peluche. Vamos a hacer algo. Párese acá, frente al espejo. ¿Ve cómo tiene los hombros? ¿Por qué pone esa cara, Gimenez? Escuche. ¿Quiere hacer esto o no? Porque sino lo dejamos y a otra cosa. Entonces le pido un poco de colaboración. Bueno, vamos a lo nuestro entonces. Mire. ¿Ve cómo hace? Está mal. Tiene que poner más tensos los hombros. Un poco más todavía. Eso. Apriete los dientes. Y ahora sí, piense en algo feo. Algo que le hayan hecho. Feo, feo; no cualquier tontería. Algo que lo haya lastimado. ¡No me mire a mí! Usted es el que sabe. Pero no se me ponga triste que lo que buscamos es otra cosa. Recuerdos, Gimenez, recuerdos... eeeso... por ahí. Siga buscando por ahí...si... muy bien...se está acercando...eeeso...si...si...casiiii... ¡Eso! ¡Eso Gimenez! ¡Eso es lo que estamos buscando! ¡No lo pierda! ¡Muy bien! Ahora, lo que sigue es más fácil. Porque se tendría que generar sólo. Gimenez: enrósquese. Sienta como de a poco va perdiendo claridad. Pierda el foco. Se puede ver en el espejo. Me puede ver a mí. Pero algo adentro suyo se va poniendo borroso. Le voy a hacer algunas preguntas, Gimenez. Usted respondame con la cabeza. Esto que agarró, ¿es un recuerdo, no? Ajá, es un recuerdo. Bueno, no lo resista, deje que lo tome. Pero de a poquito, Gimenez. No queremos que sea algo tirado de los pelos... ¡Eeeeso! Muy bien. ¡Que intenso lo que eligió! Eso que le hicieron es cosa fea, ¿eh? ¿Qué le pasó? ¿Es algo de la infancia? No, ¿no? Es algo más reciente. Está fresco, por eso duele tanto, ¿no? ¿Qué pasó? ¿Fue una novia..? Si. Eso fue, ¿no?. Lo dejó una novia. Bien. Sienta la presión en la cabeza. Lo está haciendo muy bien, Gimenez. ¿Eso fue? ¡Que feo! ¿No lo aguantaban más y lo dejaron por otro? Sostenga, no lo pierda. No se olvide de los hombros, y la respiración un poco más fuerte. Ahí va, pero no llore. ¿Y no sabe por quién lo dejó? No le dijo. ¡Eso! Mastique. Que le suenen los dientes. ¡Bien! ¿Ve cómo se le pusieron pálidos los nudillos? ¡Muy bien! ¿Y esas venas en la frente? Recién no se veían. No se mueva ni un milímetro. Creo que estamos listos, Gimenez. Sostenga, ¿eh?. Estoy muy orgulloso de usted. Hicimos un excelente trabajo. No cualquiera se anima a esto. En serio le digo. Ahora, si es tan amable, acompáñeme. Eeeso, despacito. Vamos a ir por acá. Hasta la puerta. No pasa nada Gimenez, usted siga en lo suyo. Estoy acá. Eso... cuidado con el escalón. Ahora el otro. Vamos a abrir la puerta. Perfecto, Gimenez. Lo está haciendo perfecto. Venga para afuera. Aaaah... ¿siente el aire? ¿Los autos? respire acá afuera, Gimenez ¿Si? Muuuy bien. Usted está listo. Ahora sí. Ya puede ir yendo. ¡Ah! No se olvide, el martes que viene no estoy; me voy a un congreso. Nos vemos entonces la otra semana, ¿si? Que pase lindo, Gimenez, ¿eh?
lunes, 1 de octubre de 2012
Madisell Street
3
Rara vez pasaba un trimestre entero sin que surgiera un nuevo caso. Asesinar prostitutas se había
convertido casi en una costumbre. Es que los forasteros, en vez de ir a bares a
embriagarse con alguna bebida barata o ir al fumadero de opio a deprimirse, preferían
juntarse en los alrededores del puerto y acorralar a prostitutas huérfanas
contra el casco de un rústico barco pesquero. La opción que les quedaba a las
meretrices en ese caso era sumergirse en el agua casi congelada o pasar por el
brillo lunar del filo de la navaja1.
—Maldición —se
quejaba Vittel Farrel cuando al llegar a su despacho se enteraba de un caso
nuevo— a este ritmo nos vamos a quedar sin putas para las fiestas.
Y tenía razón el
detective, una simple cuenta podía dar cuenta de aquello. Lo único que lo
serenaba en ese entonces eran las incursiones periódicas en casa de la
puta Pirce. Una joya de catorce años, pulposa y de cabellos rubios, que sabía
cómo complacer a un hombre. Una belleza tierna e incomparable, casi sin
cicatrices, que contrastaba con la fachada raída del detective Vittel Farrel, siempre acompañada de un intenso olor a excremento que emanaban sus zapatos
y bota mangas. De cualquier manera, todo en Madisell Street olía a
excremento, sangre y alfalfa.
1. En el original se lee: "lunar brightness knife edge".
1. En el original se lee: "lunar brightness knife edge".
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