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Rara vez pasaba un trimestre entero sin que surgiera un nuevo caso. Asesinar prostitutas se había
convertido casi en una costumbre. Es que los forasteros, en vez de ir a bares a
embriagarse con alguna bebida barata o ir al fumadero de opio a deprimirse, preferían
juntarse en los alrededores del puerto y acorralar a prostitutas huérfanas
contra el casco de un rústico barco pesquero. La opción que les quedaba a las
meretrices en ese caso era sumergirse en el agua casi congelada o pasar por el
brillo lunar del filo de la navaja1.
—Maldición —se
quejaba Vittel Farrel cuando al llegar a su despacho se enteraba de un caso
nuevo— a este ritmo nos vamos a quedar sin putas para las fiestas.
Y tenía razón el
detective, una simple cuenta podía dar cuenta de aquello. Lo único que lo
serenaba en ese entonces eran las incursiones periódicas en casa de la
puta Pirce. Una joya de catorce años, pulposa y de cabellos rubios, que sabía
cómo complacer a un hombre. Una belleza tierna e incomparable, casi sin
cicatrices, que contrastaba con la fachada raída del detective Vittel Farrel, siempre acompañada de un intenso olor a excremento que emanaban sus zapatos
y bota mangas. De cualquier manera, todo en Madisell Street olía a
excremento, sangre y alfalfa.
1. En el original se lee: "lunar brightness knife edge".
1. En el original se lee: "lunar brightness knife edge".
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