¡No! Claro que no, zapallito.

viernes, 31 de agosto de 2012

Ratas II


Es de noche. Una de las luces de la calle titila hasta que por fin se apaga. Igual, con lo que iluminan los otros faroles se puede ver bien. No camina nadie por la vereda ni pasa ningún auto. Lo que sí, hay dos ratas en el jardín de entrada de una vieja biblioteca pública. Una tiene ojos rojos y pelo marrón más bien crecido. La otra, apenas más pequeña, tiene ojos oscuros, es gris y de pelo corto. Pasan del pasto al cemento de la entrada. Suben los seis escalones hasta quedar frente a la puerta de madera.

RATA MARRÓN: Se puso fresco, ¡eh!

RATA GRIS: Si, está para hacer cucharita.

R.M.: Yo tengo una fija. Quizás me mando para su cueva después.

R.G.: ¿Quién es?

R.M.: No, no la conocés. Es una que va a comer al conteiner de la Shell.

(RG mira para para el suelo y se agarra el labio inferior)

R.G.:

R.M.: ¡La Shell de Nazca!

R.G.: Ah! Ya sé cual decís. Si. ¿Y hace mucho se conocen?

R.M.: No. Desde el martes pasado. Yo venía de haber estado masticando un zapato que encontré colgado de un cable...


(RG lo interrumpe)

R.G.: ¿Sabías que eso lo ponen los que venden falopa?


R.M.: Si, pero le di unos mordiscos nada más.

R.G.: ¿Cómo estaba?

R.M.: Impresionante. Tenía un extra de pegamento que me dejó dado vuelta.

         (RG hace el gesto de Alfonsín)

R.G.: ¡Qué barbaro! ¿Sabés hace cuanto que no muerdo una buena suela?

R.M.: Y, es difícil.

R.G.: Si, yo dejé porque ya estaba haciendo cualquiera. Una vuelta venía de morder un mocasín. ¿Y sabés la que hice? ¡Me le planté a un Bulldog!

R.M.: ¡No!

R.G.: Si, estaba re jugado. Me sentía una comadreja.

R.M.: ¿Y que pasó?

R.G.: ¡Y que cobró! Pasa que estaba viejo.

R.M.: Claro. ¿Mirá si te tocaba un gato de descampado?

         (RG señala a RM como dándole la razón)

R.G.: Por eso dejé. Pensé en las crías viste. Hay que alimentar sesenta bocas y encima andar en la gilada.

R.M.: Si, te entiendo.

R.G.: ¿Y que pasó con la del conteiner?

R.M.: ¡Ah! Yo venía de morder el zapato, ¿viste?

         (RG escucha atento)

Y estaba flashando con unas palomas que estaban paradas en un semáforo. Les hacía el ruido que hacen ellas. U-u-uuu. U-u-uuu.

R.G.: jaj! ¡Te sale igual!

R.M.: ¿Viste? Me di cuenta esa noche. Es que con el pegamento escuchás otras cosas.

          (RG se toma la cabeza con sus patas rosadas)

R.G.: Ni me digas que me agarra una desesperación…

R.M.: Uh, Perdón. Bueno, y habré estado como media hora. Y te juro por Splinter, ¡me respondían los bichos!

R.G.: ¡Que groso!

R.M.: Y al final me agarró terrible bajón… y me acordé que a esa hora tiran la basura en la Shell. Y como estaba cerquita me mandé. Me subí al conteiner y ahí la vi.

R.G.: ¿Está buena?

R.M.: Tiene buena cola y de cara zafa.

R.G.: ¿Pelo corto?

R.M.: Largo. Blanco.

R.G.: ¿Ojos?

R.M.: Rojos.

R.G.: Un seis.

R.M.: Seis cincuenta.

R.G.: ¡Bien! ¿Y?

R.M.: Y nada. Ella olió que yo quería coger y yo olí que ella también. Y cogimos.

R.G.: ¡Que bueno!

R.M.: Después bajamos a oler un poco de nafta y nos fuimos.

R.G.: Uuh, ¿sabés hace cuánto no huelo nafta?

R.M.: ¿¡Vamos!? Creo que hoy llenaban los surtidores.

R.G.: Dale. Con tal de no volver a morder zapatos.

         (Las dos ratas bajan las escaleras, cruzan el jardín, trepan por la enredadera de la pared y desaparecen detrás de un arbusto grande)

::Fin::

martes, 28 de agosto de 2012

El Arragó

Arragó vivía sin darse cuenta. Esto, en cualquier caso, podría ser un problema. Acá no. Nunca una persona fue tan querida; en este, ni en ningún otro lugar. Porque no era cualquier amor. Era incondicional. Como el que se tiene por un perro bueno. Y pienso que sólo a un ser humano con una idiotez de ese calibre se lo puede querer así. Tan amor de perro. Y tuvo suerte Arragó que de pronto nació y con tanto amor dando vuelta, ya estaba condenado. Iba a ser feliz.

“El Arragó era especial. Y alguno´ decían que no, pero yo sé que estaba bien de la cabeza. Si hasta lo hicimo´ ver por uno que sabe y nos dijo que estaba sanito, que le demo´ agua limpia y comida, que él iba a andar bien. Eso nos puso contentos. Imaginate. Andábamo´ medio preocupado´ al principio. Pero despué´ ya lo dejamo´ que ande libre. Le costó un poco, pero al tiempo se ada´tó. Si era buenito. 
Andaba en manada, me acuerdo. Lo´ otro´ animale´ lo habían acepta´o primero, y gracia´ a la experiencia y a que sabía abrir puertas quedó como líder de los cuadrúpedo´. Anduvo medio agrandado primero. Eso sí. Pero un gaucho medio malito lo puso de nuevo en el camino. Ahí aprendió el perro Arragó que lo que se tiene, no le pertenece. Ni a él, ni a nadie. Y le costó un chichón nomá´.
Por ahí decían que el Arragó ni se daba cuenta que estaba vivo. Yo pienso que él estaba máj allá, o máj acá de todo eso. Vivía simple. Comía las sobras, o algún ratoncito,  perdice´, lo que haiga. A la tarde le gustaba ir con lo´ otro´ perros a la laguna a molestar a los patos. Volvía todo mojado, me acuerdo, matándose de risa sobre las patas de atrás, con pluma´ jen la mano, la camisa blanca toda rota y los pantaloncitos cortos lleno´ e barro. Que felicidad te daba el bicho ese.
A veces lo veías mirando las nubes. Y ahí sí te agarraba la duda porque ponía cara ´e serio, como pensando. Pero enseguida le gritabas: “¡Arragó!” y el otro venía corriendo, babeando y te saltaba encima... Que pena me da hablar de esto. Me va´ jacer lagrimear.
Y si. Un día se me escapó. Apareció una que nunca habíamos visto por acá. Andaba como el Arragó, así media encorvada. Rubia me acuerdo que era. Nos llamó la atención porque también andaba sobre las patas de atrá´. Estuvo merodeando unos días cerca del molino. Yo la vi varias vece´ esa semana. Y el Arragó andaba como loco. Olfateaba, lloriqueaba pa´l lado del molino. Se ve que algo sabía el picho. Y un día nos despertamo´ y él ya no estaba.
A veces cuando estoy bien metido en el campo, por ahí, a lo lejos, veo la figura del Arragó. Por un segundo ej´ él. ¡Volvió! Se había quedado todo este tiempo persiguiendo patos. Pero después miro bien y no. Es un tronco o un ternero que anda por ahí. 
Te digo por las dudas, porque sé que vos sos de otro lado y él ya no anda por acá. Ej´ un poco máj´ alto que yo. Camina así. Medio torcido. Tiene el pelo bastante largo. Marrón. Barba y ojos claros. Debe estar flaco. Responde cuando le decís Arragó... Que lástima me da, che. Un perro tan bueno."



lunes, 27 de agosto de 2012

Ratas


Es de noche. En la calle no camina ni un alma, ni pasa ningún auto. Lo que sí, hay dos ratas en la vereda. Una tiene el pelo marrón bastante crecido y los ojos rojos. La otra es más bien pequeña, más bien grisácea, de ojos marrones y pelo corto. Están en estado de alerta. Olfatean algo que las hace parar en sus patas traseras. De pronto, un gato negro sale desde atrás de un cantero. Las ratas se sobresaltan, corren hasta un palo de madera que está cerca. Trepan por un cable pegado al poste. El gato salta detrás de ellas, sube unos metros, pero ahí se queda. Baja medio torpe, frustado. Las ratas, desde la punta del poste, donde se cruzan unos cables, ven al gato negro que se queja y camina en el suelo.

RATA MARRON: ¡Que manía, viejo! 

RATA GRIS: De no creer.

R. M.: Y agradecé que este es medio vago y no subió.

(R.M. arranca unas astillas del poste de madera)
   
                              ¡Tomá!

(Arroja las astillas que planean unos instantes y caen sobre un auto estacionado)

R. G.: ¡Ja! ¡Le diste al auto!

R. M.: Si, estoy con mala puntería últimamente. En serio che, ¡que manía la de estos bichos!

R. G.: Y sí… es peligroso.

R. M.: ¡¿Peligroso?! No es sólo peligroso. ¡Es terrible! ¡Debería estar prohibido! ¡Todas las noches lo mismo!

R. G.: Pasa que es instintivo, ¿viste?

R. M.: Y bueno, pero con ese argumento… hasta Hitler estuvo bien con ese argumento.

R. G.: No, lo de Hitler no fue por instinto. Los humanos no hacen nada por instinto. Excepto en los bailes que por ahí alguno le toca el culo a una mina, en general son muy de la cabeza.

R. M.: No me parece. ¿Nunca viste a un colectivero?

R. G.: Si, ¿qué pasa?

R. M.: ¿Me vas a decir que un colectivero es muy de la cabeza?

(R.M. empieza a hacer como que maneja un colectivo)

                               ¡Dale papi, subí que nos vamos! ¡¿Qué me dijiste?! ¡Mirá como lo encierro a este pelotudo! ¡Subí que te cago a trompadas! ¡Mirá esa morocha! ¡Te cojo toda morocha!

R. G.: No son todos así...

R. M.: La mayoría.

(R.G. se sonroja un poco pero gracias al pelaje no se le nota)

                               Son puro instinto.

R. G.: Bueno pero son los únicos. El resto de los humanos son más bien enroscados. Mucho balero.

R. M.: Si, eso si. La otra vuelta estaba cagando en una lata de café en la casa del colorado…

(R.G. lo interrumpe)

R. G.: Pará. ¿Qué colorado?

R. M.: El que vive con la vieja, acá. En…¡ay! No me sale…

R. G.: ¿El de Lausana?

R. M.: ¡Eso! ¡Pasaje Lausana! No me salía.

R. G.: ¿y qué paso?

R. M.: Nada yo estaba cagando en la lata de café y él hablaba por teléfono con una minita. ¡Un enroscado!

R. G.: ¿Pero qué le decía?

R. M.: No sé, le daba vueltas, ¿viste? ¡Invitala a coger colorado!

R. G.: Si, es raro.

R. M.: ¡Se enroscan! Es muy de su especie. Yo, ponele esta semana me encamé cerca de cincuenta veces.

R. G.: Si, yo también. Por ahí.

R. M.: ¡Y claro! Así tienen que ser. Y por como venía la mano, creo que no la puso.

R. G.: Pobre colorado.

(Abajo se abre la puerta de un edificio de enfrente. Sale una mujer de unos veinte años. Cierra con llave y se va caminando por la vereda para la izquierda)
                        
                       ¡Iba con todo!

R. M.: No sé, de lejos le doy. Che, tengo hambre.

R. G.: Podemos ir al Coto que ya cerró. Hoy entraban más Toddy´s.

R. M.: ¡¿En serio?! Dale, que me hace ruido la panza.

(Las dos ratas se alejan caminando sobre un cable de luz)

::Fin::


jueves, 23 de agosto de 2012

Choi Son


Choi Son, como todos los orientales, tenía dos pasiones. Lo suyo era la bebida y el ping pong. Cualquiera supondría que estas cuestiones no pueden superponerse, pero Choi era de esos tipos que se las ingenian. Podía estar horas tomando fernet en el club con sus compañeros, y de pronto, se paraba medio tambaleante y gritaba "!Ahola si! Si alguien me hace do punto seguido, pago londa pala todo. Cada die punto mío, cambio de jugadol, me invita celvecita". 
Los demás borrachos se acomodaban en las sillas alrededor de la mesa de color azul y le gritaban: "¡grande chino!", "¡Demuestre japonés!", entre otras barbaridades que no se pueden repetir. Antes de empezar Choi ya tenía su musculosa roja traspirada. Los ejercicios pre competitivos del oriental apuntaban más a enfocar nuevamente la vista que a estirar los músculos de las piernas. Se reía y saludaba a la multitud. Si alguien entraba en uno de esos momentos hubiese pensado que Choi era un boxeador que acababa de ganar por puntos una difícil pelea a doce rounds, y no un borracho del ping pong antes de un partido amateur . 
De la nada, uno del público decía "yo te desafío, koreano". Agarraba la paleta como podía y se ponía del lado de enfrente de Choi. La multitud gritaba. Hasta los de la barra se daban vuelta para ver jugar al oriental. Los partidos eran escenas lamentables, pero Choi no dejaba que nadie le hiciera más de un punto. Si hacía falta se concentraba antes de recibir el saque. Agachaba el cuerpo y miraba fijo hacia adelante. Alguien en la multitud podía pensar "este se duerme en cualquier momento". Pero no. Choi tenía para rato. 
Cuando un contrincante era eliminado, después de quejarse y asegurar que lo estaban trampeando, iba a hasta la barra, decía "anotame una para Choi", y le dejaba la cerveza cerca del oriental mientras este jugaba con las ilusiones de otro. Entre partido y partido se bajaba el chopp en dos tragos. Era impresionante. Nunca se había visto algo así. 
Después de un rato largo, cuando afuera ya cantaba algún pájaro, todos empezaban a enfilar para la puerta. Lo saludaban a Choi con un golpecito en la espalda. "¡Maestro!", "¡Fenómeno!", "¡¿Cómo hacés?!" le decían. Y mientras se ponía su buzo deportivo negro y salía hacía a la calle oscura, se lo podía escuchar: "el secleto e comel mucho alós. Da fuelza y absolve el felné". Un caso único el oriental.

viernes, 17 de agosto de 2012

Lo de Dios



Bajo del colectivo cerca de plaza Almagro. Camino algunas cuadras hasta que leo el cartel. "Lo de Dios". Si no fuera por el cartel se confundiría con el resto de las casas.. Entro por la puerta doble (bien amplia y con cortinas). Tengo el sobre papel madera A4 bajo el brazo.  Adentro, lo primero que veo es un surtidor de YPF todo oxidado apoyado contra una columna. Es parte de la decoración. De fondo suena un tema lento de los Stones. El salón está casi vacío, excepto por una pareja sentada en una mesa al fondo. Camino hasta la barra (a la izquierda del salón). Detrás del mostrador hay un tipo morocho.
-Buendía, vengo por… -pero me interrumpe.
-Lo está esperando -dice y señala una escalera  al costado de la puerta de entrada que yo no había visto. Cuando estira el brazo veo que tiene un prendedor ajustado en uno de los tiradores negros que dice “Monzón” (La camisa blanca, impecable).
-Gracias -le digo a Monzón y enfilo para el primer piso.
La escalera está repleta de cuadros de cervezas de todo tipo. En cada uno está la firma del autor. Encuentro la cerveza de Mattise, la cerveza de Van Gogh, la cerveza de Picasso (esta última es más parecida a un barco chocado que a una botella. Pero es de las más coloridas). Llego hasta un pasillo largo en el primer piso. A la derecha están los baños. El de mujeres tiene un sombrero con flores. El de hombres un sombrero de copa y un bastón (está fácil). Llego hasta la puerta del final del pasillo. Me acomodo la ropa, respiro profundo... Vamos. Quiero golpear la puerta con el puño, pero se abre justo cuando le estoy por pegar.
-Adelante -la voz es firme y tranquila.
Entro en una oficina grande. Un sujeto desaliñado de barba y pelos blancos, con chomba azul está sentado detrás de un escritorio de madera oscura. Me mira fijo.Tiene un mono gris chiquito en el hombro, atado a una soga.  El mono se alerta un segundo cuando me ve, pero de inmediato vuelve a su tarea. Parece estar acicalando al barbudo. Una computadora sobre el escritorio, teléfono, estantes, cosas de oficina.
-¿Dios? -le pregunto mientras lo señalo con el dedo. No debería señalarlo con el dedo. Dios me responde con una sonrisa y una gratitud infinita.
-Le traje el curriculum porque había mandado por mail, pero me pareció que si venía hasta acá… Así se lo daba en mano. Mejor, ¿no? -Dios me observa como quien ve dormir a un bebé. Saco el curriculum del sobre. El mono deja de masticar, salta al escritorio y se abalanza sobre la hoja de papel. La soga se tensa, pero no llega a ahorcarlo (Dios está en todo, pienso). Le pasa mi curriculum y vuelve a su tarea.
-Trabajé en varios lados de camarero y sé un poquito de inglés -Dios levanta la vista del papel. Me ve directo a los ojos. Mantiene el gesto pero ahora está más parecido a un adolescente drogado. Sigue con la lectura.
Miro al costado. Hay una puerta que da a lo que parece un vestidor. Y más allá un baño. El mono mueve rápido los dedos entre los pelos del Señor hasta que encuentra una pulga o algo así, y para. Se come al bichito y sigue. Dios ni se mosquea. De pronto veo que respira hondo, apoya el papel en el escritorio y me mira. Sigue con esa cara, esa sonrisita. Es fachero, pero está muy desprolijo.
-Empezás el lunes -me dice con ese tono tan suyo.
-¿En serio me dice? ¡Que grande, Diosito! ¡Que alegrón me está dando! No sabe lo que significa este laburo para mí. En serio, le digo. ¡No se vas a arrepentir! -Creo que Dios está a punto de llorar. La sonrisa casi no le entra en la cara. Entonces le digo- ¿Y cómo hacemos?
-Venite el lunes a las cinco y ahí vemos.
-El lunes tipo cinco de la tarde. Perfecto -le respondo.
Dios asiente despacio.
-Nos vemos entonces. Mil gracias, en serio -le doy la mano fuerte. Me estoy por ir pero no puedo evitar decirle- una preguntita me quedó.
Dios me escucha atento.
-¿Por qué la soga? -y le señalo al mono.
-Es que sino se me escapa -y se sonríe.
Yo me quedo pensando y le digo que si con la cabeza, salgo y cierro la puerta. Hago con los puños como festejando un gol y casi que me tiento de lo contento que estoy. Camino por el pasillo dando unos saltitos. Mientras bajo la escalera me llega un mensaje directo al cerebro. “Guarda con el morocho que es medio peleador”. Trato de contestarle. “No se preocupe. Nos vemos el lunes”, pero como nunca usé la telepatía no se si le llega. Llego a la planta baja. La pareja sigue ahí. Me acerco a la barra.
-Me tomó -le digo a Monzón que mientras escurre un trapo.
-Nos vemos, entonces -me dice.
-Nos vemos el lunes -Y le hago un saludo con la mano a Monzón y por la emoción le hago a la pareja también. Voy hasta la puerta y salgo. Afuera está lindo. Que alegría. Por fin una que se me da. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Preciosa


¡Arriba Preciosa! Está lloviendo, pero vamos a salir igual. Es este domingo. Nos faltan tres días nomás y tenemos que mejorar los últimos cincuenta metros. Tomá, te traje cubos de zanahoria. Se digiere mejor. Estás hinchada las pelotas de tanto balanceado, ¿no? ¡Ah! No te conté. Parece que el domingo viene. ¿Quién va a ser? ¡Ella! No me contó nadie. Yo dije en Facebook que corría, que estaban todos invitados y Ella puso me gusta y después escribió que iba a tratar de venir. Que caradura, ¿no? Venir después de todo este tiempo. Yo no le puse nada. No sé si quiero que venga. ¡Mirá como tenés ahí! ¿Otra vez te manchaste? ¿Donde está el cepillo? Es que también, mirá como están las paredes. ¿Para qué les pagamos a estos tipos? Y vamos a ver, Preciosa. Para mi que viene. Hay que sacarle por lo menos una cabeza al tarado ese. Ayer nos cruzamos saliendo para la pista, y ni lo miré. ¿Sabés qué? Bandida está gorda. Tres kilos arriba por lo menos. La vi correr y se le nota. Está pesada. Pero igual, nosotros tenemos que pensar en nosotros. A fondo, regulamos y a fondo. Más que nunca hay que concentrarse en la estrategia. Tenemos que lucirnos este domingo, Preciosa. Sacarle un cuerpo o dos a la gorda Bandida. ¿Te imaginás? Con Ella mirando. ¿Sabés qué, Preciosa? ¡Que venga! Que venga y que vea que se equivocó. No se qué le vio al tarado ese, pero el domingo le vamos a mostrar que se equivocó. Que se quedó con el perdedor. Si, que venga. Con tres kilos arriba la carrera es nuestra. ¿No, Preciosa? ¿No es cierto que la carrera es nuestra?

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ayrton


Ayrton, un chico de unos ocho años de edad, vive en una casa cerca del centro. Su pieza está empapelada con decenas de dibujos de autos famosos, modelos en los que triunfaron los mejores pilotos de la historia. Ayrton, con su piyama de corredor de autos, aprovecha que sus padres gritan en la cocina para robarle unos minutos a la hora de dormir. El pequeño se mete debajo de la cama con una linterna y con su libro "Circuitos Profesionales". Repasa mentalmente una y otra vez las pistas más importantes del mundo. "Suzuka, Japón. Largada x 80 metros. Giro a la derecha x 43 grados... Río de Janeiro, atención con curva y contra curva, salida de la recta a fondo x 225 metros... Mónaco. Largada. Cuidado con la Santa Devota a la derecha. Subida complicada". Y así está, hasta que escucha que la puerta de la cocina se abre y los gritos pasan al pasillo. Entonces sale de abajo de la cama, apaga la linterna y se cubre con las sábanas. Su padre llega hasta la entrada de su pieza. El pequeño se hace el dormido. Tiene el libro abrazado al pecho. El padre suelta gritos e insultos mientras cierra la puerta. El pequeño abre los ojos. Gracias a la luz de la noche que se filtra por la persiana puede ver los dibujos pegados en la pared. Afuera siguen los gritos. Apoya el libro en el suelo, se da vuelta para quedar de frente a la pared y dice en voz muy baja "Bélgica, recta larga. Chicana a la derecha. Curva abierta x 20 grados...". Así, durante un rato, hasta que por fin se duerme.

martes, 14 de agosto de 2012

Amsterdam


Julián y Marcos están en la cabina del camión de basura. Esperan a su compañero que está a la vuelta de la esquina, quemando el medio aguinaldo en lo de Raquelita:

(Marcos, en el asiento del conductor, intenta sacarse una mancha negra del brazo. Julián, a su derecha, lee una revista que encontró en la calle hace un rato)

JULIAN: “Amsterdam es un sueño del que no querés despertar jamás”.

MARCOS: ¿De dónde sacaste esa mariconada?

JULIAN: Acá dice.

(Le muestra la revista. Marcos se pone medio a la defensiva. Sigue obsesionado con la mancha)

MARCOS: ¿Y quién dice eso?

JULIAN: Nadie. Es de una propaganda que hay acá.

MARCOS:

JULIAN: ¿Te gustaría conocer Amsterdam, Marcos?

MARCOS: ¿Con vos?

JULIAN: Con cualquiera.

          (Marcos, orgulloso, señala el banderín azul y amarillo colgado en el espejito)

MARCOS: Si engancho a Boca en el cable, sí. A cualquier lado voy.

          (Julián no le presta mucha atención)

JULIAN: A mí no me importa si dan a Boca. Yo quiero conocer otros lugares. ¿Viajaste en avión alguna vez?

MARCOS: Una vez mi viejo nos llevó a mí y a mis hermanos al Ital Park. Más que un avión era un cohete. Y no despegaba. Pero se movía que daba miedo. Si hasta uno se tuvo que bajar por los vómitos.
       
(Marcos se tienta al acordarse)

JULIAN: No, yo digo uno de verdad, Marcos. Nunca me subí a un avión de verdad. De chico iba con mi abuelo a ver como aterrizaban ahí al lado del río. Nos quedábamos toda la tarde.

MARCOS: Medio embole.

JULIAN: Si, a veces si. El viejo se ponía insoportable. Me contaba historias del año del pedo.

(Marcos agarra su paquete de cigarrillos de la luneta. Saca un porro como para cuatro, lo prende, y le da varias pitadas. Julián mira pensativo por su ventanilla. Tiene la revista apoyada en las piernas. Justo ve pasar un avión a lo lejos, en medio de la noche)

JULIAN: ¿No te dan ganas de que exploten los aviones cuando están volando?

MARCOS: Siempre.

JULIAN: A mi también ¿Por qué será?

MARCOS: No sé. Para mi es como cuando ves a alguien hacerse el canchero, que te dan ganas de que se tropiece.

JULIAN: Puede ser.

(Marcos estira la mano y le pasa el porro a Julián)

MARCOS: Guarda que tira mucho

JULIAN: Una vez vi un programa de Marley que viajaban a Amsterdam. No sabés que lindas las calles chiquitas, los arroyitos. ¿Viste que acá no hay arroyos?

MARCOS: Están todos bajo tierra. Salen cuando llueve.

JULIAN: Hay que ser boludo para meter los ríos abajo de las calles. ¿No, Marcos? En eso los europeos están un paso adelante.

MARCOS: Si, pero nosotros tenemos a Messi.

(Julián tiene la boca llena de humo así que asiente con los ojos bien abiertos para darle la razón a Marcos. Le pasa el porro al conductor. Marcos le da una pitada mientras toca un bocinazo que espanta a un gato que cruza la calle. El felino corre y se esconde debajo de un auto abandonado)

JULIAN: Otra que te mostraba Marley de Amsterdam, eran los locales de porro.

MARCOS: ¿Locales de porro?

(Marcos se acomoda en su asiento y se da vuelta para estar de frente a Julián)

JULIAN: Si, son unos bares que te metés y le pedís a la moza que te traiga el porro que más te guste. Tenés cientos de gustos. Vos elegís y listo. Te lo sirven en la mesa.

MARCOS: ¡No! 

JULIAN: Si, y después mostraban que hay una calle llena de vidrieras con miles de Raquelitas ahí puestas, para que vos te sirvas.

MARCOS: Me jodés.

JULIAN: No, te juro que es así. Salió en la tele.

         (Marcos medita un segundo)

MARCOS: ¿Y habrá mucha basura que levantar en Amsterdam?

JULIAN: No creo. Marley decía que es una ciudad muy limpia.

MARCOS: Cagamos entonces.

JULIAN: Que lástima. ¡A Amsterdam deben ser por lo menos cuatro horas en avión! ¿Te imaginás, Marcos?

MARCOS: Groso, Julián. Muy groso.


        (El compañero aparece por la esquina. Está recién bañado. Marcos le hace luces. Se sube al camión y arrancan)

lunes, 13 de agosto de 2012

Sapo viejo


Búsquese un lago sin mucha ola. Lago o laguna, que el río y el mar te hacen quedar como un repollo viejo. Cuando encuentre el lugar apropiado baje hasta la orilla. Asegúrese de que haya mucha piedra chiquita en la costa. En lo posible empiece a evocar en su conciencia a un viejo amor, que esta actividad es de esencia nostálgica. Si es un viejo amor fuerte de esos que duelen, mejor. Conserve la imagen. Regodeece un instante en ese sufrimiento. El dolor predispone al cuerpo para un tiro sin precedentes. Mire hacia abajo. ¿Hay muchas piedras, está usted triste? Perfecto. Vaya como tanteando con la punta del zapato que hay mucha trampa en esto. La piedra tiene que ser redondeada y chatita, como una "pepito". Los cortes irregulares, son nuestros enemigos, los repollos viejos. ¿Ya está? ¿encontró la piedra? Venga. Acérquese, pero no meta los pies en el agua. ¿Ve las montañas? acomódese el gorro que le entra el viento. Ahora si. Póngase acá. Recuerde al viejo amor. El gesto pesado, los hombros bajos. Tome la piedra entre el dedo índice y el pulgar de su mano hábil. Agache el torso, tome impulso para un costado y descargue toda esa energía. ¡Eso! ¡Muy bien! ¿Cuánto hizo? ¿Cuatro "patitos"? ¿Cuatro nomás? No estará tan triste entonces. Y para la próxima: se dice "sapito". ¡Sa-pi-to!




domingo, 12 de agosto de 2012

Los nenes se pierden en la playa


Un nene se aleja de su familia. Sigue los restos de un cangrejo que arrastra una ola lenta. El sol fuerte lo encandila. Ya está, es ahora un pequeño idiota perdido a treinta metros de sus padres. Llora, no encuentra consuelo porque se cree de alguna forma desterrado de su familia. Un buen cristiano lo ve y le pregunta:
-¿Y tu mamá?-
El pequeño idiota responde mezclando involuntariamente mocos con lágrimas. El buen cristiano lo sube a sus hombros y empieza a aplaudir. La gente se contagia. Toda actividad queda suspendida unos instantes. Hay un pequeño idiota perdido sobre los hombros de un buen cristiano. Aplauden todos siguiendo el mismo ritmo. La madre aparece corriendo entre la multitud. El buen cristiano baja de sus hombros al pequeño idiota que no para de llorar y abraza a la madre. Está furioso, herido, marcado a fuego. La madre se siente bastante boluda. El reencuentro queda sellado por el aumento de la velocidad de los aplausos, y algún lagrimón orillero.