¡No! Claro que no, zapallito.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Estado Azteca


La tarde está soleada. No se ve ni una nube en el cielo. Por suerte, hay un viento suave que calma el calor del caribe. Sobre la base de una impresionante pirámide, en los primeros escalones, hay dos jóvenes sentados. Los dos tienen piel marrón y pelo oscuro. Noble Guerrero es el grandote vestido con telas marrones y adornos de plumas de colores y oro macizo. Es el que está más cerca de la gran cabeza de serpiente hecha de piedra. El flaquito de taparrabos a su lado, es Hombre Común. Ambos comparten una típica bebida local.

NOBLE GUERRERO: ¡Como pican éstas plumas, che!                   

HOMBRE COMUN: Si, pero por lo menos te cubren del sol. Yo con ésta cosa...

(HC pellizca el taparrabos como quejándose. Después bebe de la vasija roja. NG está demasiado ocupado en rascarse nerviosamente las rodillas)
           
             Che, ¿cómo venís con lo del Juego Sagrado de Pelota?

N.G.: Y… la verdad medio medio. A ver cómo está eso.

 (NG señala la bebida. HC le alcanza la vasija)

H.C: ¿Por? ¿No te tenés mucha fe?

N.G.: No, si que tengo. Sé que Dios Sol está de mi lado. Pero te da cagazo ¿viste? Soy muy bueno en el Juego Sagrado de Pelota y siento que voy a ganar...

(NG toma un trago)

¡Que bueno está!.. Y nada, que se yo... no sé si me quiero ir a Mundo Sagrado todavía. Recién cumplí dieciséis Vueltas al Sol...


H.C.: Si, te entiendo.

(NG le pasa la bebida a HC)

N.G.: No creo que me entiendas. Vos sos Hombre Común.

H.C.: ¿Eso qué tiene que ver?

N.G.: Nada, no importa.

H.C.: No, no, no. A ver, decime. 

(HC da un golpe de palma de mano contra un escalón sagrado)

              ¡Siempre lo mismo! ¡Nunca nadie respeta a Hombre Común! 

N.G.: ¿Y qué querés que haga? Yo no elegí ser Noble Guerrero, ni que vos seas Hombre Común.

H.C.: No, ¡pero te encanta que sea así!

(HC señala acusadoramente a NG)

N.G.: Si, ¡claro!

(NG hace gestos exagerados con sus brazos, en un despliegue de plumas y adornos de oro. Ensaya un tono irónico)

            Me encanta tener que ir a pelear contra Águila en el Cielo cada Lluvia de Verano. No sabés. ¡Me fascina! La verdad... ¿Sabés qué? Es muy fácil hablar siendo Hombre Común. Pero tenés que ponerte en la piel de Noble Guerrero. Ahora, por ejemplo. ¿Si gano Partido Sagrado? ¿Qué pasa si gano Partido Sagrado?

H.C.: ¡Te mandan a Mundo Sagrado!

(HC dice esto agitando sus manos arriba y abajo con los dedos haciendo montoncitos)

 ¡¿Qué mejor cosa que ganar Juego Sagrado de Pelota, e ir  a Mundo Sagrado de una?!

N.G: No sé. Yo no estoy tan seguro. Hubiese preferido tener una vida más tranquila. Ser Hombre Común.

(NG peina las plumas que cuelgan de su codo izquierdo)

H.C.: Estás diciendo pavadas. Tomá.

(HC Le alcanza la vasija a NG)

N.G.: No, en serio te digo. Hubiese sido mejor. Nacés, aprendés a coser dos telas, a juntar plantas para la comida. y Chau. Después te vas a Mundo Eterno. No te complicás.

H.C.: Pará, pará, ¿vos en serio pensás que ser Hombre Común es sólo eso?

N.G.: No te lo digo mal. ¡Pero no jodamos, Hombre Comun! Se la pasan todo el día cosiendo Carteras para Recolección.

(HC suelta un suspiro de fastidio y le da la espalda a NG. Mira hacia el lado del Observatorio Lunar que sobresale de las copas de los árboles)

H.C.: ¡Sos increíble!

N.G.: ¿Qué? ¿Me vas a decir que no es así?

(HC se da vuelta de pronto)

H.C: ¡¿Sabés lo que es mirar Juego Sagrado de Pelota desde afuera?! ¡¿Eh?! ¡¿Sabés lo que es eso, Noble Guerrero?! 

(HC grita furioso)
              
N.G.: ...

H.C: ¡¿Vos sabés lo que es que el Dios en la Tierra se meta en tu choza como si nada, y se lleve a tu hija para hacerle Primera Iniciación?! ¡¿Eh?! 

(HC está al borde del llanto)

 ¡¿Sabés lo que es vivir sabiendo que no vas a ir nunca a Mundo Sagrado?! ¡¿Eh?! ¡¿Sabés lo que es trabajar todo tu vida como Hombre Común?! ¡Toda tu vida como Hombre Común! ¡¿Y para qué?! ¡Para no ir nunca a Mundo Sagrado! 

(HC se inclina para adelante, se agarra la cara con las dos manos y colapsa en un llanto rabioso. NG lo mira extrañado)

            ¡No sabés nada vos, Noble Guerrero! No sabés nada, de nada.


N.G: Perdoná, no quise... 


(NG le apoya una mano en el hombro)

H.C.: ¡Salí! 

(HC le da un manotazo a NG. Durante un rato largo permanecen los dos inmóviles en silencio. Al final, cuando HC se calma lo suficiente, NG junta un poco de tierra que hay sobre el escalón sagrado y estira la mano hacia el lado de HC)

N.G.: Tomá.

(HC recibe la tierra en la mano y se la esparce por la cara. Con el brazo barre las lágrimas solidificadas que forman una especie de barro rojizo. Tiene los ojos hinchados, pero está de nuevo en eje)

             Perdoná, en serio. Estoy un poco nervioso con todo esto del Juego Sagrado de Pelota…

H.C.: No pasa nada.

(HC tiene algunos espasmos aislados)

N.G.: ¿En serio?

H.C.: Si, yo también estoy medio enroscado. Estoy con el tema este de la Ofrenda a la Luna, y mi nena más chica que está por cumplir nueve Vueltas al Sol...

(NG asiente con cara de comprensivo. HC tiene la cara cubierta de tierra. Se acomoda el pelo y suspira fuerte)

En fin.

N.G.: ...

H.C.: Bueno, tengo que ir  yendo a la Recolección de Plantas Milagrosas.

N.G.: Si, yo voy para el Templo del Dios Sol.

                                                (Los dos jóvenes se ponen de pie)

H.C.: Dale.

N.G.: Y perdoná, che.

H.C.: En serio. No pasa nada.

(HC y NG chocan los codos y arrancan para lados opuestos. NG gira la cabeza)

N.G.: Nos vemos después.

(HC le responde con un gesto de la mano sin darse vuelta)

::Fin::






lunes, 17 de septiembre de 2012

Madisell Street

                                                                                    8
El detective Doridel Vinttel Farrel pensaba una y otra vez en el caso de la puta Gorodith. Sabía que la señora Mirril Smith estaba ocultando algo, pero no podía descifrar qué. Ese día, caminaba con su traje azul y sus zapatos de taco madera por las calles angostas del centro. No fue poco el fastidio del detective a la hora de esquivar a un cerdo doméstico que ocupaba todo el camino. Como su paciencia llegó al límite le dio un puntapié al animal que luego de soltar un chillido, se levantó y chocó contra un puesto de alimentos por lo que varias bolsas de arpillera fueron a dar al suelo. El contenido de granos de maíz quedó entonces desparramado por todos lados, por lo que el lugar se llenó de pollos y otras aves pequeñas.
—¡Eh, Farrel! ¡mira lo que has hecho!
—No deberías poner tu puesto tan hacia la calle, imbécil —repondió el detective.
—Sigue así. Un día la gente común se cansará de ti y de tus amigos corruptos. Buena suerte —dijo el comerciante mientras espantaba a los pollos y trataba de recuperar su mercancía.
Entonces Vittel Farrel volvió sobres sus pasos, levantó del cuello al comerciante y le apoyó el filo de su navaja a la altura del estómago.
—Disculpa. El ruido de los pollos no me dejó escuchar lo que decías. ¿Podrías repetirlo? Si eres tan amable… —y empujó un poco con la mano ocupada en el mango de la navaja, rasgando la camisa con la punta del filo.
—…
—¿Qué es ese olor, acaso te has cagado? ¡miren como se ha cagado! —gritó a los vendedores de los otros puestos. Y con la mano libre soltó un golpe de puño directo a los testículos del comerciante —vamos puestero, junta el maíz antes de que los cerdos te muerdan las bolas. ¿Y ustedes qué miran? ¡A trabajar!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Gladiola


¿Te acordás de la Gladiola? Primavera todo el año, la morocha. Atendía en el correo. A la mañana los jubilados se iban todos perfumados a hacer la fila en la vereda. Sin empujar, ¡eh! De vez en cuando mandaban una carta a un familiar que estaba lejos, pero en general pasaban a dejarle un regalo. Alguna tontería. Ella, bien educada desde chica, siempre recibía con una sonrisa y después besito en la mejilla. Y ahí aprovechaban los viejos y memorizaban el escote profundo.
A la tarde también se llenaba la oficina, pero eran los adolescentes que todavía no se animaban a decirle directamente, y entonces con la plata que ganaban vendiendo revistas, mandaban cartas a ningún lado. Sólo para oler de cerca a la Gladiola. Escribían dos garabatos y en el sobre: “Calle Esperanza 69, Santa Fe”. Y le daban la carta. Entrega común. Como acá no había beso, los que ya habían pegado el estirón corrían con ventaja: tomaban nota con los ojos, y repasaban después en la soledad del baño. Los más bajitos la tenían más difícil, pero por ahí se quedaban con alguna revista que mejor no venderla ahora, que quizá más adelante el precio aumenta. Nunca se sabe.
(...)