8
El
detective Doridel Vinttel Farrel pensaba una y otra vez en el caso de la puta
Gorodith. Sabía que la señora Mirril Smith estaba ocultando algo, pero no podía descifrar qué. Ese día, caminaba con su traje azul y sus zapatos de taco madera por las calles
angostas del centro. No fue poco el fastidio del detective a la hora de esquivar a un cerdo
doméstico que ocupaba todo el camino. Como su paciencia llegó al límite le
dio un puntapié al animal que luego de soltar un chillido, se levantó y chocó contra un puesto de alimentos por lo que varias bolsas de arpillera fueron a dar al suelo. El contenido de granos de maíz quedó entonces
desparramado por todos lados, por lo que el lugar se llenó de pollos y otras aves
pequeñas.
—¡Eh, Farrel! ¡mira lo que has hecho!
—No
deberías poner tu puesto tan hacia la calle, imbécil —repondió el detective.
—Sigue
así. Un día la gente común se cansará de ti y de tus amigos corruptos. Buena
suerte —dijo el comerciante mientras espantaba a los pollos y trataba
de recuperar su mercancía.
Entonces Vittel Farrel volvió sobres sus pasos, levantó del cuello al comerciante y le apoyó
el filo de su navaja a la altura del estómago.
—Disculpa.
El ruido de los pollos no me dejó escuchar lo que decías. ¿Podrías repetirlo? Si
eres tan amable… —y empujó un poco con la mano ocupada en el mango de la navaja, rasgando la camisa
con la punta del filo.
—…
—¿Qué
es ese olor, acaso te has cagado? ¡miren como se ha cagado!
—gritó a los vendedores
de los otros puestos. Y con la mano libre
soltó un golpe de puño directo a los testículos del comerciante —vamos puestero, junta el
maíz antes de que los cerdos te muerdan las bolas. ¿Y ustedes qué miran? ¡A
trabajar!
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