Choi Son, como todos los orientales, tenía
dos pasiones. Lo suyo era la bebida y el ping pong. Cualquiera supondría que
estas cuestiones no pueden superponerse, pero Choi era de esos tipos que se las
ingenian. Podía estar horas tomando fernet en el club con sus compañeros, y de
pronto, se paraba medio tambaleante y gritaba "!Ahola si! Si alguien me
hace do punto seguido, pago londa pala todo. Cada die punto mío, cambio de
jugadol, me invita celvecita".
Los demás borrachos se acomodaban en las
sillas alrededor de la mesa de color azul y le gritaban: "¡grande
chino!", "¡Demuestre japonés!", entre otras barbaridades
que no se pueden repetir. Antes de empezar Choi ya tenía su musculosa roja
traspirada. Los ejercicios pre competitivos del oriental apuntaban más a
enfocar nuevamente la vista que a estirar los músculos de las piernas. Se reía
y saludaba a la multitud. Si alguien entraba en uno de esos momentos hubiese
pensado que Choi era un boxeador que acababa de ganar por puntos
una difícil pelea a doce rounds, y no un borracho del ping pong antes
de un partido amateur .
De la nada, uno del público decía "yo
te desafío, koreano". Agarraba la paleta como podía y se ponía del lado de
enfrente de Choi. La multitud gritaba. Hasta los de la barra se daban vuelta
para ver jugar al oriental. Los partidos eran escenas lamentables, pero Choi no
dejaba que nadie le hiciera más de un punto. Si hacía falta se concentraba
antes de recibir el saque. Agachaba el cuerpo y miraba fijo hacia adelante.
Alguien en la multitud podía pensar "este se duerme en cualquier
momento". Pero no. Choi tenía para rato.
Cuando un contrincante era eliminado,
después de quejarse y asegurar que lo estaban trampeando, iba a hasta la barra,
decía "anotame una para Choi", y le dejaba la cerveza cerca del
oriental mientras este jugaba con las ilusiones de otro. Entre partido y
partido se bajaba el chopp en dos tragos. Era impresionante. Nunca se había
visto algo así.
Después de un rato largo, cuando afuera ya
cantaba algún pájaro, todos empezaban a enfilar para la puerta. Lo saludaban a
Choi con un golpecito en la espalda. "¡Maestro!",
"¡Fenómeno!", "¡¿Cómo hacés?!" le decían. Y mientras se
ponía su buzo deportivo negro y salía hacía a la calle oscura, se lo podía
escuchar: "el secleto e comel mucho alós. Da fuelza y absolve el
felné". Un caso único el oriental.
No hay comentarios:
Publicar un comentario