¡No! Claro que no, zapallito.

jueves, 23 de agosto de 2012

Choi Son


Choi Son, como todos los orientales, tenía dos pasiones. Lo suyo era la bebida y el ping pong. Cualquiera supondría que estas cuestiones no pueden superponerse, pero Choi era de esos tipos que se las ingenian. Podía estar horas tomando fernet en el club con sus compañeros, y de pronto, se paraba medio tambaleante y gritaba "!Ahola si! Si alguien me hace do punto seguido, pago londa pala todo. Cada die punto mío, cambio de jugadol, me invita celvecita". 
Los demás borrachos se acomodaban en las sillas alrededor de la mesa de color azul y le gritaban: "¡grande chino!", "¡Demuestre japonés!", entre otras barbaridades que no se pueden repetir. Antes de empezar Choi ya tenía su musculosa roja traspirada. Los ejercicios pre competitivos del oriental apuntaban más a enfocar nuevamente la vista que a estirar los músculos de las piernas. Se reía y saludaba a la multitud. Si alguien entraba en uno de esos momentos hubiese pensado que Choi era un boxeador que acababa de ganar por puntos una difícil pelea a doce rounds, y no un borracho del ping pong antes de un partido amateur . 
De la nada, uno del público decía "yo te desafío, koreano". Agarraba la paleta como podía y se ponía del lado de enfrente de Choi. La multitud gritaba. Hasta los de la barra se daban vuelta para ver jugar al oriental. Los partidos eran escenas lamentables, pero Choi no dejaba que nadie le hiciera más de un punto. Si hacía falta se concentraba antes de recibir el saque. Agachaba el cuerpo y miraba fijo hacia adelante. Alguien en la multitud podía pensar "este se duerme en cualquier momento". Pero no. Choi tenía para rato. 
Cuando un contrincante era eliminado, después de quejarse y asegurar que lo estaban trampeando, iba a hasta la barra, decía "anotame una para Choi", y le dejaba la cerveza cerca del oriental mientras este jugaba con las ilusiones de otro. Entre partido y partido se bajaba el chopp en dos tragos. Era impresionante. Nunca se había visto algo así. 
Después de un rato largo, cuando afuera ya cantaba algún pájaro, todos empezaban a enfilar para la puerta. Lo saludaban a Choi con un golpecito en la espalda. "¡Maestro!", "¡Fenómeno!", "¡¿Cómo hacés?!" le decían. Y mientras se ponía su buzo deportivo negro y salía hacía a la calle oscura, se lo podía escuchar: "el secleto e comel mucho alós. Da fuelza y absolve el felné". Un caso único el oriental.

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