¡No! Claro que no, zapallito.

martes, 23 de octubre de 2012

Altas horas

Me acuerdo que de chico, todas las noches antes de dormir, con mi hermano nos tomábamos un rato para charlar. Nadie nos enseñó eso. Lo hacíamos por necesidad. En esas dos camas de niños en remera y calzoncillos separadas por una mesita, con su lámpara, se resignificaban todas las cosas que nos pasaban. Tomaban una nueva dimensión. Más profunda. Y no teníamos ni idea. 

No hablábamos. Cada uno usaba un lápiz de color. Las mismas hojas de impresora vieja que de día usábamos para hacer dibujos y recortes, por las noches se transformaban en pergaminos de reflexión, un marco troquelado ¿A4? de respeto absoluto. 

Esperábamos que la puerta de la pieza de “los mapas” (era nuestro código para hablar de los padres) se cerrara y en medio de la oscuridad podía escuchar como mi hermano se paraba en la silla del escritorio y agarraba, casi sin hacer ruido, una hoja de los estantes más altos. 

Yo, mientras, acomodaba la almohada sobre la lámpara de manera que cuando la prendía la habitación quedaba en una penumbra que le daba a todo eso un aire de ritual que nos llenaba de emoción y un poco de miedo.

Una vez en su cama, mi hermano me pasaba un lápiz de color y el libro de Wally celeste para apoyar la hoja. Si yo usaba el celeste, él usaba el rojo. Wally 2. El tamaño de esos libros era perfecto para escribir y te podías entretener mientras el otro escribía. No sabíamos por qué hacíamos eso. Nos parecía normal. Lo que deben hacer un par de hermanos antes de dormir.

Escribimos cientos, pero sólo tengo unas pocas guardadas. Hace poco encontré un recorte de una hoja que no sabía que tenía. Hablábamos sobre el atentado a la AMIA. Yo estaba asustado por los ataques en suelo argentino. La inconfundible letra de mi hermano respondía a algo previo sobre el tema:

“tranquilo, no va a volver a pasar
-fueron los militares, no?
-no se
-y si pasa aca en el edificio?
-los mapas no van a dejar que pase acá, vamos a dormir
-apagas despues que me duerma?”

Podíamos hablar de cualquier cosa. De los nacimientos, la nieve, los abuelos, los juguetes, las novias, los viajes espaciales, hasta de Dios hablábamos. Para eso estaba ese rato nuestro, para correr el telón de la cosa cotidiana y hacernos preguntas nuevas. Éramos chicos, y no sabíamos bien qué estábamos haciendo.

5 comentarios:

  1. sana envidia la de tener un hermano así. bah, así no, como sea. como pinte, pero un hermano. caí por la de oblogo, un saludo. es cómoda la letra así de grande, no me había percatado. saludos.

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  2. Yo me pasaba horas hablando con leandro kohan antes de dormir, y podian pasar horas. De que hablabamos, no me acuerdo bien, pero era un "valetodo", era terapia. Que loco es encontrar esos momentos en la vida de un ñoño, donde hablan de la vida y la muerte y todo lo hacen asi nomas, sin ninguna dificultad.
    Solo puedo decir desde el fondo de mi niñez "muerte a todos los mapas!"

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  3. los quiero mucho a esos dos nenes chateando con la almohada en el velador
    <3

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